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Desearía que no existieran tantas historias de maltrato a la mujer como las que existen.

Historias de abuso, de maltrato psicológico, de agresión, de desprecio, etc. Anécdotas de tandas mujeres en el mundo que parecería que no fuesen a acabar nunca.

Si has tenido suerte, no has experimentado ninguna historia semejante en carne propia. Y si es así, espero que no lo experimentes nunca y que aprendas de las historias que comparto contigo.

Pero si por desgracia perteneces al porcentaje de mujeres que, si hemos sufrido algún tipo de agresión o maltrato, sabrás lo que se siente que te roben tu paz.

Ya les había contado en el pasado la historia de Cristina y el acoso y maltrato que sufrió por parte de un ex pareja. La historia de ella promueve a las mujeres para que escuchemos con atención a nuestras amigas y familiares. Es una reflexión para tomar en serio el tema del acoso y se visualice los peligros que conlleva.

Confío que la historia de Cristina haya sembrado un granito de arena y que tú tengas una visión más certera respecto a ese tema.

El día de hoy comparto contigo la historia de una mujer que se arrepintió de no haber denunciado a quien como nos dice ella “me robó mi paz“.

El motivo por el cuál no presentó cargos: pensar que no era tan grave.

La razón por la que se arrepintió: vivir las consecuencias de ello y ver que la historia se repetía en otras mujeres.

Esta es la historia de Roxana.

 

“Me sentía víctima cuando en realidad era cobarde”

Llevaba ya tiempo en una relación amorosa en la que no me sentía feliz.

Yo sabía que él no representaba ningún futuro para mí y hace tiempo, demasiado tiempo, le había perdido el respeto. Habían sido tantas mentiras, tantas historias inventadas y tantas justificaciones que era imposible estar enamorada de un ser tan inestable y real.

 

Era horrible mirarlo y no sentir respeto alguno. No había nada en él que despertara mi admiración ni interés.

Pero aun así permanecía junto a él.

 

En parte lo hacía por nostalgia de los buenos momentos que habíamos vivido y por el terrible miedo de acumular otro fracaso más a mi lista de decepciones amorosas.

 

Pero parte del verdadero motivo es que no lograba terminar la relación. Por mucho tiempo me sentí víctima. Sentía que todo lo malo que había ocurrido en nuestra relación era culpa de él. Pero la verdad es que era cobarde, yo ya no lo quería y tenía miedo de afrontarlo.

 

“Él me convencía de que yo debía recompensarlo”

Fueron tantas las veces en las que iniciaba la conversación decidida a terminar la relación…

Iba decidida, tenía un plan y un guión de lo que iba a decir. Deseaba no ser irrespetuosa ni hacer de toda aquella escena un drama, sin embargo nada salía como yo lo deseaba.

 

De alguna forma (misteriosa y absurda) la conversación terminaba con disculpas de mi parte.

Él resaltaba todo lo que hacía por mí y por la relación, Luego traía a la luz todas las dificultades que tenía en su vida y el gran esfuerzo que hacía.

 

Luego hablaba de planes, de todo lo que soñaba hacer conmigo y me culpaba por romper sus sueños una vez más.

Sin darme cuenta, mi deseo de terminar la relación se transformaba en una ansiosa disculpa y un compromiso de mi parte por hacer todo para mejorar la relación.

 

Nos despedíamos y una vez que volvía a encontrarme sola, me llenaba de cuestionamientos e ira hacia mí misma.

Yo ya sabía que no quería estar en esa relación y aun así era tan débil de continuar en ella y encima de hacer compromisos por mejorar.

 

“Tomé la decisión que tanto necesitaba”

No me orgullece la forma en que hice todo (mensaje de texto) y sé que de esta experiencia aprendí a nunca más volver a posponer decisiones tan importantes. Pero lo importante es que terminé con aquella relación.

 

Y claro, como no estaba dispuesta a escuchar nada de lo que él tenía que decir, lo ignoré sin saber que eso despertaría todo lo malo que ocurrió.

 

Debo confesar que tenía miedo. Tenía mucho miedo de que él, una vez más, me convenciese de permanecer junto a él.

Pero debo admitir que también tenía falta de empatía e interés. No quería el drama, ni las discusiones, ni tanta palabrería. Le había dicho que terminaba la relación porque ya no lo quería y le pedía que no me busque más.

 

No le dije nada de lo que pensaba de él, ni desde hace cuánto tiempo no lo queria ni respetaba. No deseaba dañarlo, tan solo deseaba alejarme de él.

 

Como respuesta recibí un ataque de algo que yo creo que era ira con locura. Mensajes exigiendo respeto. Acusaciones, súplicas, insultos, disculpas, etc. Todo en conjunto y repetidas ocasiones.

Yo veía que los mensajes llegaban a mi celular y correo electrónico y, ni abrí, ni leí muchos de ellos.

Ya no había nada que decir. Ya le había dicho que no lo quería y ya había tomado la decisión que tanto necesitaba.

 

“No esperé vivir acoso o amenazas”

Después de terminar la relación sentí alivio. Por fin era libre y ya no tendría que seguir perdiendo mi tiempo y mis energías en aquella relación.

Continué las siguientes horas sintiéndome tranquila y feliz hasta que empezó el acoso.

 

Luego los mensajes cesaron y fueron reemplazados por su presencia.

Él me seguía y rondaba mi departamento asegurándose que yo supiera que él estaba cerca.

Esporádicamente me enviaba mensajes recordándome que él guardaba un revólver en una caja de zapatos debajo de su cama. No decía que lo fuera a utilizar, tan sólo me recordaba que estaba armado.

 

El resto de mensajes sólo exigían respeto. Según lo que él decía, él era demasiado hombre para ser alejado con un simple mensaje de texto.

 

Pasó casi una semana en la que él no dejó de rondarme. Me seguía a todas partes y mantenía una distancia de aproximadamente 50 metros, pero se aseguraba que yo supiera que él estaba cerca.

Imaginé que con el tiempo pasaría todo y me dejaría en paz. Sabía que él estaba lastimado en el ego y no en el corazón así que me prometí no prestarle atención con la esperanza de que se cansara de acosarme y amenazarme.

 

Toda esta situación hizo que yo lo desprecie aún más. No solo había perdido mucho tiempo con él y con todas sus mentiras, sino que en ese momento me robó mi paz.

 

No me sentía segura, lo escuchaba todo el tiempo, incluso por las noches cuando dormía. Lo veía en todas partes y no dejaba de preguntarme si al final usaría aquel revólver que tanto mencionaba o si eran sólo exageraciones.

 

“Llegó el día en el que me robó mi paz”

Fue un domingo, había estado casi todo el día con mi madre y me sentía tranquila. Desde medio día que no lo había escuchado rondar cerca de mí y tuve la suerte de disfrutar de un almuerzo en un restaurante sin verlo parado expectante a lo lejos.

 

Pensé que todo aquel martirio había acabado hasta que llegué a mi departamento y todo ahí dentro estaba revuelto.

Las puertas de entrada no habían sido forzadas, lo que significaba que él, sin autorización mía, había sacado una copia de mis llaves.

Decenas de veces yo le había dado mis llaves. A veces para que se adelante, otras veces para que recoja algo que habíamos olvidado. Pero jamás imaginé que en una de esas veces el reproduciría una copia sin mi autorización.

 

Dentro de casa no faltaban muchas cosas, el mayor robo se concentraba en ropa mia…

Lo cual, en realidad, no sé si es más o menos escalofriante…

 

Él había entrado a mi departamento, rebuscado entre mis cosas y se había llevado mis pertenencias. Cosas que yo había comprado y cosas que él me había regalado. Imaginaba que él me pediría algunas cosas de regreso pero nunca pense que ingresaría a mi departamento a robar eso y más.

 

Cuando vi el estado de mi departamento entré en pánico.

Pensé que quizá el seguía dentro y temía que estuviese dispuesto a lastimarme.

 

Lloraba temblando del miedo, estaba paralizada y no tenía la más mínima idea de qué debía hacer.

 

“Tuve la oportunidad de meterlo preso”

Llorando busqué ayuda y quienes estuvieron junto a mí me acompañaron a la estación de policía más cercana. Llene la ficha de información, el detalle de lo que había ocurrido y el listado de las cosas que él había robado de mi departamento.

 

Largos minutos en aquella horrible oficina con los ojos llenos de lágrimas y una lluvia de sentimientos dentro de mi.

Tenía ira contra él, pero sobre todo contra mí. Me arrepentía de no haberme alejado antes de él y me avergonzaba de haber estado enamorada de quien demostraba ser un delincuente.

 

Cuando terminó el papeleo respectivo, se acercó un encargado a explicarme cómo sería el procedimiento y un detalle adicional.

Por los actos cometidos, los mensajes que él había enviado y el monto del robo, él debía irse preso.

Si yo presentaba los cargos, la policía iría a su domicilio y lo arrestarían.

 

Pero la historia no acababa ahí. Él, al ser extranjero perdería su visa y tendría que ser deportado.

La noticia me cayó por sorpresa y de repente sentí que todo aquello era exagerado.

 

Pensé, equivocadamente, que se había tratado de una reacción impulsiva de él y que después de eso me dejaría en paz así que decidí no presentar cargos en su contra.

En mi mente me hice un plan: le pediría todas las llaves que había reproducido de mi departamento y le exigiría que me deje en paz y lo amenazaría con las pruebas que tenía para meterlo preso.

Imaginé que él recapacitaría, que estaría agradecido y arrepentido y que toda aquella historia acabaría. Pero no fue así.

 

“El impacto emocional era más grande que el delito”

La conversación fue horrible.

Él entregó las copias de llave que sin autorización había producido. Pero entre risas afirmaba que había sido yo quien le había entregado las llaves.

No me devolvió nada de la ropa ni del dinero que se llevó alegando que eso le correspondía a él por el tiempo invertido en mi…

 

Adicionalmente se burlaba diciendo que sentía pena por el drama exagerado que yo había hecho.

Según él no había pasado nada importante.

Nunca me agradeció no haber presentado cargos ni se disculpó por haber robado las cosas materiales y mi paz.

 

Desfilaba frente a mi cada día. Pero ya no lo hacía como un acosador escondido a varios metros de distancia sino como todo un ganador.

 

Al no presentar cargos le entregué todo el poder.

Él se mostraba intocable, sabía que yo era débil y que no sería capaz de hacer nada en contra de él o de su familia.

Mientras que él, por otro lado, se aseguraba de recordarme que él si tenía todo el poder sobre mi.

 

Me sentía tonta, amenazada por sus risas y sus constantes burlas. Tenía miedo cuando veía que me perseguía o que rondaba mi departamento. Sus mensajes evolucionaron de ser amenazantes a ser humillantes y yo, tan insegura como estaba, me sentía impotente.

 

Un día me cansé (otra vez) de todo aquello y regresé a la policía con la intención de presentar cargos pero ya era muy tarde. El delito mayor ya había expirado, no tenía pruebas de que me seguía y por los mensajes lo único que podía pedir era una restricción de acercarse

.

Llena de frustración salí de la policía arrepentida y mientras manejaba vi que él una vez más estaba detrás de mí.

Cansada ya de todo aquello, estacioné, me bajé del auto lo afronté.

 

Recuerdo que le grité que estaba cansada de sus juegos. Él me miró, aceleró y paso a pocos centímetros a toda velocidad.

Desde entonces el acoso, las persecuciones y las amenazas acabaron.

 

“Con los años descubrí que el daño trascendía”

Yo continué con mi vida y gracias a Dios aquella mala experiencia quedó en el pasado.

Jamás me volví a sentir igual frente a aquellas personas que presenciaron las humillaciones. Me sentía ridícula cuando recordaba aquellas escenas y me avergonzaba de mí misma…

Todos los recuerdos que tenía hacia él me provocaban vergüenza.

 

Me avergonzaba por haber estado con él, por haberle querido, por haber creído en él. Pero lo peor era que quienes me conocían relacionaban mi nombre con el de él.

Es decir, me relacionaban con un delincuente y yo sentía aquello como una sombra sobre mí.

 

De todas formas continué con mi vida y nunca más volví a hablar de él hasta que un día una mujer se contactó conmigo y conocí de las muchas otras estafas, robos y acosos que había sufrido ella por parte de mi ex y, según se conocía, de dos mujeres más.

 

El monto de los robos variaba al igual que las formas de acoso y post humillación.

Pero la historia se repetía una y otra vez y él salía triunfante de cada una de esas situaciones.

 

¿Recuerdas que te conté que él había robado ropa mia de mi departamento?

Pues bien, él regaló mi ropa a todas sus otras parejas y cada vez que se separaba de ellas, se llevaba con él aquellas que habían sido mis pertenencias.

 

Pero ya nada de eso me importaba.

Me sentía responsable. Yo tuve la oportunidad de detener todo aquello y no lo aproveché.

Por el contrario, lo dejé libre y demostré que podía salir triunfante de esos comportamientos.

 

Y el resultado no sólo me afecto a mí sino a otras mujeres que vivieron experiencias similares.

 

“Si tengo la oportunidad de cambiar algo, lo haré”

Se que no puedo seguir culpándome ni soy responsable de lo que les ocurrió a aquellas mujeres.

Se también que no puedo cargar con las culpas y vergüenzas que sentí gracias a él.

 

Lastimosamente tampoco puedo regresar al pasado ni cambiar las decisiones que tomé en ese momento.

 

Pero si puedo cambiar el presente y el futuro.

 

Aprendí que no hay delito que sea “poco” o “pequeño”. Todo tiene su consecuencia y yo debo velar por mi propia seguridad.

Y lo más importante de todo, aprendí que no puedo permitir que cosas así queden impunes.

 

Culturalmente ‘aguantamos’ ese tipo de comportamientos y no los criticamos ni juzgamos como es debido.

 

Tenemos más miedo de parecer dramáticas o de llamar la atención, que fuerza y apoyo para denunciar e rechazar situaciones como la que describí.

 

Y por eso hoy comparto contigo mi historia

Porque con mis palabras quiero motivarte a no tener miedo, a denunciar y rechazar todo tipo de acoso, estafa, robo, extorsión, o maltrato que recibas de tu pareja o ex pareja.

 

Y también quiero que sepas que no tienes que tener vergüenza, muchas hemos atravesado por situaciones similares y estamos para apoyarte.

Confío que con los años sean penalizados aquellos que nos quitan la paz y que menor sea la cantidad de casos de este estilo.

 

Esta fue la historia de Roxana.

¿Has vivido tú una situación similar?

¿Qué hubieses hecho tú?

y ¿qué consejo darías a mujeres que están viviendo una situación como la de Roxana?

Deja tu respuesta en un comentario y no olvides compartir esta historia con el resto de tus amigas y familiares.

Escritora y Coach especializada en Mujeres.
Creadora del Blog Historias para Mujeres y autora del Libro “Siguiente Capítulo”

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