Si eres Mamá primeriza o tienes más de un hijo(a), tal vez has pasado por momentos en los que no has logrado disfrutar de este rol.

Quizás te has sentido ahogada, desesperada, sin saber cómo actuar; rodeada de personas, de tu familia, pero sola y frustrada… porque no logras ser lo que pensabas serías como madre.

Cuesta aceptarlo, cuesta entenderlo; pero ser madre no implica que todo momento es felicidad.

Cuando somos madres, nuestro mundo cambia hasta en 180 grados, incluso llegamos a olvidar que somos mujeres primeramente.

Pasamos rápidamente de una emoción a otra, podemos sentirnos felices, llenas y completas y de pronto incomprendidas, temerosas y vacías.

Buscamos en libros o en internet una guía para encontrar las respuestas y no lo logramos…

Si te has sentido así te cuento la buena noticia de que no eres la única

– a veces creemos que sólo nosotras nos sentimos de esta manera-

y que somos muchas las que hemos pasado años buscando el porqué de tanta frustración en una tarea tan maravillosa como ser mamás.

Quisiera compartirte mi historia, desde lo más profundo de mi sentir.

Una historia que me enseñó a escuchar y entender mis emociones, mi historia de vida, las carencias que traía, a conectar con esas heridas de mi niñez, con aquella niña interior que dejé olvidada, escondida en mi corazón y rodeada de una autoexigencia que jamás noté, y como aquello me llevó a crear unas expectativas inmensas que sólo me dañaban profundamente.

Te quiero contar que esta ha sido la terapia más dura que he tenido que enfrentar, pero lejos, la más reparadora que he vivido.

Me gustaría compartir contigo lo que ha significado tener esta responsabilidad y lo que ha sido la gran tarea de ser Mamá.

Tal vez de esta manera te sientas acompañada y mi historia te ayude a visualizar lo que también a ti te pasa, sin miedo y sin vergüenza.

Y puedas tomar acción, así como yo lo hice, aprendiendo a aceptar las circunstancias de la vida y de ser madre, como un hermoso aprendizaje.

Mi Sueño de ser madre

 

Toda mi vida quise ser mamá.

Soñaba con tener muchos hijos…creo que porque fui hija única.

Quería una casa ruidosa y llena de energía… creo que queriendo que no se repitiera mi silenciosa infancia.

Busqué el momento oportuno, la persona adecuada, la edad perfecta… creo que queriendo controlar que todo fuera como en mis sueños.

Me sentía absolutamente preparada y además poseedora de una gran ventaja: soy educadora y con ello, pensaba, tenía todas las herramientas necesarias para ser la madre perfecta.

¡Cómo no!

Si mis alumnos me obedecían en todo, incluso era ley ante sus padres.

Además, todo mi entorno me repetía lo mismo

para ti será fácil, tienes tantas herramientas que nosotras no tenemos, sabrás manejar las dificultades a la perfección

eres tan estupenda para manejar los berrinches de tus niños, que con tus hijos tendrás la fórmula correcta

Inocentemente hasta ese entonces, me creía el cuento de tener ventajas, como si el hecho de ser educadora tuviese la garantía de saber qué hacer siempre, de tomar todas las situaciones con calma y de ejecutar correcta y debidamente lo que se presentara.

A veces nos construimos realidades en base a nuestros sueños, nuestros anhelos, tan perfectas como un cuento de hadas.

Las ganas de tener todo lo que no tuvimos en la niñez, de suplir carencias, no nos dejan ver que los sueños también deben ser reales y que jamás podrán ser perfectos.

Sin poder ver aquello, mis inmensas ganas de ser mamá y todos los anhelos que estaban en mi corazón, me hacían construir en mi cabeza una realidad soñada, sin la posibilidad de pensar en equivocaciones.

¡Y llegó la hora de cumplir el sueño!!!

El cual llegó rápidamente al momento de desearlo, sin dificultades ni traspiés, una verdadera bendición.

El sueño versus la realidad

 

Mi sueño era una hermosa niña, decretada y concebida con todo el amor del mundo.

Tuve, como te decía, la gran bendición de quererla y tenerla.

Llegó mágicamente a despertar todo ese instinto maternal que tenía desde pequeña.

A cumplir también, el sueño de mi esposo, y de mi madre, mis suegros, mi cuñada, la familia, las amigas.

Era todo lo que podía haber pedido y más.

Me sentí afortunada, agradecida profundamente, acompañada y mimada.

Era como una especie de estrella de televisión.

Amada, admirada, querida.

Contaba con una gran red de apoyo que sonreía y bendecía con sólo mirar a la princesita.

Pero por dentro, la verdad es que yo era un manojo de nervios, llena de incertidumbre y miedos… sentía como un torbellino de diversas emociones en mi corazón.

¿Te ha pasado también que sientes tener el sueño cumplido pero algo no anda bien, algo no te llena?

¿qué sientes culpa sólo por el hecho de tener un mínimo pensamiento negativo respecto a tu situación?

Pues bien, así lo sentía yo, efectivamente tenía lo que quería pero todos aquellos sueños no se parecían en lo más mínimo a la realidad.

Mi incertidumbre no tenía que ver con no volver a dormir 8 horas seguidas, no tener suficiente leche para amamantar, menos no ser lo suficientemente cariñosa, no, era muchísimo más profunda; temía no ser fuerte, temía errar, equivocarme frente a todos y no ser la madre que soñé ser.

¿Has sentido algo parecido?

La verdad es que temía no poder cumplir con las grandes expectativas que forjé en mi mente.

Pero yo no lo lograba ver… es como cuando sabes qué no debes hacer algo pero insistes en ello.

Como chocar contra una pared miles de veces

¿Te ha pasado darte cuenta después, que estabas ciega frente a las señales?

Claramente eso era lo que me ocurría.

Claramente me sentía mejor madre antes de serlo (en mis tremendas expectativas inventadas por mí y solo por mi autoexigencia)

Y claramente el título de madre se obtiene antes de cursar la carrera.

Y cada asignatura aprendida me dolía, y no lograba disfrutar desde lo profundo de mi ser.

¿Cómo no disfrutar?

Me preguntaba y me hacía oídos sordos a la vez.

Y dolía en silencio.

 

Mis inmensas expectativas

 

Sin hacerme cargo de lo que me ocurría y para seguir con el sueño adelante, fui mamá por segunda y tercera vez.

Y causalmente de dos niñas.

Mis fotografías con mis niñas llenaban todas las expectativas forjadas.

Bellas, sanas, amadas y yo perfectamente sonriente.

Podría continuar así, como si apretara un piloto automático y los días pasaran soleados o nubosos sin notarlo.

Si el mundo creyera que yo a diario me preguntaba ¿qué podría andar mal? ¿qué pasa conmigo?

Nadie lo hubiese apostado porque nada podían notar.

Soy una madre muy de piel, amorosa y cariñosa, que valida constantemente los besos y abrazos.

Eso siempre es bien visto.

Además sabía perfectamente cómo alimentar a mis niñas, cómo hacer dormir a cada una.

Reconocía sus miedos y fortalezas: todo en ellas, nada en mí.

Admirada por todos.

El entorno feliz.

Las famosas expectativas cumplidas…

¿qué crees que sucedía al mínimo error?

Venía la sanción, la culpa, todo absolutamente todo, desde mí…porque no era perfecta, y la verdad me equivocaba a diario.

Como todas nos equivocamos, como tal vez te pase a ti..

Y no lo lograba ver.

Así como hay momentos en que como mujeres, sentimos que tenemos todo, pero a la vez, nos sentimos vacías.

Sentía aquello como madre.
Me decía: tengo hijas bellas, sanas ¿qué pasa contigo?

Pero seguía sintiendo un vacío en mi hacer.

Y a pesar de sentir un amor desbordante por mis pequeñas, les exigía a ellas tanto como yo me exigía a mí.

Y no notaba las señales que con sus vocecitas inocentes ellas me mandaban, o sus caritas de angustia cuando se frustraban, al no lograr cumplir con alguna pequeña meta.

No lograba ver que muchas veces, mis enojos y correcciones hacia ellas, venían desde mí y que ellas no tenían por qué cargar con mis heridas.

Muchas veces las vi jugando con sus muñecas, hablándoles y poniéndoles reglas en su actuar imaginario.

Fiel espejo de lo que yo hacía con ellas…

pero nada, yo no reaccionaba y seguía dándome vueltas en esa inmensa culpa de no ser como tanto lo había imaginado y soñado en mi cabeza, transformando todas esas inmensas expectativas en mis peores enemigas del diario vivir.

¿Te imaginas?

¡Un martirio cada día!

Me había transformado en una madre controladora sin darme cuenta.

Porque quería tanto el bien de mis hijas que les aconsejaba todo lo que debían hacer, pero desde mi propio miedo interno a no sentirme necesitada o rechazada.

A veces no entendemos por qué actuamos de cierta manera con las personas que más amamos, podemos llegar a ser exigentes y duras.

¿Te ha pasado arrepentirte de lo que dices o cómo lo dices?

A mí me pasaba constantemente.

Pero a pesar de todo lo que te cuento y del dolor que me generaba, no podía cambiarlo, porque sólo intentaba cambiar la forma sin llegar al fondo.

 

La gran señal que me llevó a despertar

 

En la desesperación por no lograr entender lo que me ocurría, logré distinguir una señal, de esas que me llegaban y no quería ver, y lamentablemente o afortunadamente fue a causa de una situación muy dolorosa.

El padre de mi esposo falleció repentinamente, y mis hijas por primera vez, sufrieron una pérdida irreparable.

La mayor de mis niñas fue la más afectada.

Lo notamos porque bajó sus calificaciones del colegio, su ánimo decayó y fue intervenida en su colegio por una psicóloga que la comenzó a apoyar.

La psicóloga nos citó como padres a conocer los resultados de su intervención con respecto a nuestra niña y lo que ocurría con la pérdida de su abuelo (al menos eso creía yo)

Para nuestra sorpresa nuestra pequeña había empezado a superar y entender la pérdida de su abuelo de manera positiva, aprendiendo y formando su propia manera de vivir y enfrentar un duelo.

Pero también nos comentó algo que le llamaba poderosamente la atención: la forma autoexigente que nuestra niña se desenvolvía, las metas que se ponía y cómo se autosancionaba frente al error.

Y fue ahí cuando pude comenzar a comprender; porque volví atrás y me vi reflejada en mi pequeña hija.

De manera confusa primeramente, entendí que esa sensación de frustración constante, ya no era sólo mía y que se la estaba traspasando a mis hijas, una por una de diferentes maneras.

Y sin tapujos, mi niña interior se presentó frente a mí, insegura y temerosa, pidiéndome por fin que comprendiera y me diera la posibilidad de escucharme de una vez.

¿algo más claro?

Y así confusa, me negué a escucharla realmente, y seguí tratando de ser madre perfección en persona.

Pero esa niña interior y mis niñas reales, insistían en presentarse y presentarme la causa de este no disfrute:

¡eran las heridas de mi niñez!

Todas, cada una, ¡absolutamente todas!

Me estaban haciendo repetir patrones.

Mis miedos y sentimientos de dolor, iban en directa relación con las heridas no sanadas.

Y mi actuar rígido con esa máscara que me había autoimpuesto desde niña: querer que debía hacer felices a los demás, sin importar si lo quería realmente o no.

Entendí también por qué fue una causalidad que mi descendencia fuesen niñas, futuras mujeres.

Porque ellas son mis maestras, vinieron a enseñarme a no repetir el mismo patrón, más historias dolorosas, el hecho de pararme frente al mundo como una super mujer que todo lo puede, pero que en su interior es una pequeña niña que pide comprensión y cariño, un abrazo, de esos abrazos profundos que reparan el alma.

No fue fácil el ir reconociendo y comprendiendo mi enorme vacío.

Nunca escuché a mi niña interior, nunca fui con ella esa madre cariñosa que ahora soy.

Lo más doloroso fue ver que inconscientemente estaba haciendo con mi hija mayor lo que me hice a mí misma: querer ser perfecta.

Ella sólo repitió un patrón.

Autoexigirse para hacer felices a los demás y no permitirse la equivocación.

¿Te das cuenta de lo que eso implica?

Fue abrir los ojos para ver que mi rigidez ahora era la rigidez de mi pequeña.

Y comenzaba a serlo en mis otras dos niñas.

Si no son sanadas, las heridas se heredan, así como los miedos, las culpas…

 

Cómo tomé acción para sanar las heridas de mi niñez

 

Cuando logré comprender todo lo que te he contado, comprendí también que ya no podía dejarlo pasar y debía hacerme cargo de una vez por todas.

Definitivamente fue lo más difícil, y puedo confesarte que aún sigo pasando ese proceso; pero se me ha hecho más fácil con 3 iniciativas para avanzar.

Primero: Aceptar

Aceptar, aceptar mi pasado, mis circunstancias, que lo sucedido no se puede cambiar.

Aceptar mi dolor, mis miedos, y abrazarlos, sentirlos profundamente para poder continuar sin que sigan dañando.

Segundo: Perdonar

Perdonar a quienes sentí me dañaron, me abandonaron, no estuvieron presentes cuando era una niña indefensa y necesitaba contención y comprensión.

Perdonar desde lo más profundo a mis padres, y a los adultos a lo largo de mi vida que aprovecharon estos miedos para no dejarme crecer.

Pero el perdón más importante era hacia mí.

Aprender a perdonarme por dejarme olvidada, por exigirme y obligarme a ser y hacer lo que, en verdad, nunca quise.

 

Tercero: Hacerme Responsable

La única forma de poder seguir realmente y curar las heridas de mi alma, era hacerme cargo de mí.

Debí dejarme ser quien verdaderamente soy y saber que todo lo que me sucedió y sucederá es mi responsabilidad.

Yo tomo las decisiones de mi vida, sin culpar al pasado, ni a nadie, sólo yo.

 

Reflexión

Creo firmemente que algunas mujeres logran superar todo al ser madres.

La fuerza interior que aparece es inimaginable.

Es una fuerza que todo lo puede.

Ser madre para mí fue enfrentarme a todas aquellas emociones que dejé de lado y quise esconder, excepto aquella fuerza interior, que fue lo único que me permitió salir adelante.

El problema fue cómo lo hice.

Ser madre desnudó mi alma, me enseñó a enfrentar el fracaso, a aceptar que me equivoco y a quererme como soy: completamente imperfecta.

Aprendí que no hay receta, que no hay fórmula, somos madres como lo sentimos, como lo creemos y como aprendimos a serlo desde nuestro ejemplo.

En mi caso, no había una imagen clara ni potente, tal vez por ello mi niñita interna me pedía ayuda a gritos…

Si no la curaba a ella, esta mujer herida escondiendo sus emociones no cicatrizaría jamás para ser lo que hoy es: una madre que sigue llena de temores, pero que aprendió a cuidarse, valorarse y a equivocarse sin justificarse.

Y principalmente, a hacerse responsable de las decisiones que ha tomado y tomará en su vida.

Ha sido un proceso largo, no puedo decirte que no ha dolido, porque ha dolido y mucho.

Pero ha valido la pena, ha sido enriquecedor.

En especial para mis niñas.

Me ha hecho amiga de la reflexión y el autoconocimiento, del error y el perdón.

Y me ha enseñado a enseñarles a mis hijas a ser felices con el mejor ejemplo que les puedo dar: SIENDO YO FELIZ .

Muchos saludos,

Claudia.