En este mes del Amor, se escuchan y leen muchas más historias románticas y más de una siente que va a enloquecer de amor.

Seguimos consejos para encontrar pareja.

O tratamos de aprender a disfrutar del amor hacia nosotras.

Un tema que tanto nos ha costado.

¿Te habías dado cuenta de ello?

¿Disfrutas leer sobre el Amor?

¿Te has cuestionado cómo está tu Amor hacia ti?

Yo quisiera compartirte una historia que se relaciona con el último punto que te mencioné.

Y también es de un amor diferente.

De un amor que duele.

De cómo no debe ser el Amor.

Ni propio ni para otros…

Es una historia muy cercana.

De una mujer a quien amo con mi alma.

La quiero compartir porque detrás de esta historia hay un gran tema de trasfondo que tiene que ver con la obligación que hemos tenido históricamente las mujeres con el «deber ser».

Con que si no cumples lo que se espera, o con las expectativas de la sociedad, tu vida puede cargar con un estigma que marca.

¿Conoces alguna historia similar?

¿Aquellas historias de mujeres que se apagaron por no ser lo que se esperaba de ellas?

A la vez, esta historia se relaciona con un tema tabú como lo son los trastornos psicológicos…

Tan populares y tan decidores hoy en día.

Tan escondidos en la intimidad de un hogar.

Y esto es lo que me motiva a escribir sobre este tema el día de hoy.

 

El inicio de una historia de amor

 

Esta es una historia real que me tocó profundamente.

Una historia que me ha hecho ser y hacer lo que soy.

Es la historia de una mujer como tú o como yo.

Su nombre, Margarita.

Margarita fue una niña llena de sueños y esperanzas como todas las niñas.

Con ganas de vivir, tener amigos, jugar, disfrutar.

Su timidez era característica de su personalidad, pero al abrir su corazón aparecía una niña pícara y sonriente llena de alegría que compartir.

Era la tercera de cuatro hermanos.

Con una hermana bastante mayor y dominante.

Muy cercana a sus dos hermanos hombres quienes eran sus mejores amigos.

Su padre y su madre eran personas de mucho esfuerzo, con tristes historias del pasado, pero con una resiliencia impresionante que les permitieron formar una familia desde el amor.

Pero eran demasiado preocupados por el «qué dirán»…

Quizás porque esta historia tiene más de 40 años y en aquellos tiempos era un gran tema la opinión del resto del mundo.

Por ello, y aunque Margarita creció feliz, siempre creyó que debía cumplir las expectativas de los otros.

Y los sueños que, en especial su madre, no llegó a concretar.

Tras su timidez, ella fue forjando ciertas condiciones para sí misma, que sentía debía cumplir, para hacer felices a los demás…

¿¿Resuena en ti??

 

El tiempo avanza

 

Llegó su adolescencia y sintió por primera vez que el amor llegaba a su corazón.

Se enamoró como cualquier chica de su edad, y creyó en palabras bellas – como todas lo hemos hecho alguna vez – entregando su alma por un amor.

Ese amor duró muchos años hasta que fue una mujer.

Soñaba con vestirse de blanco y llegar a un altar. Ese era su sueño más preciado.

Creyendo que de esa forma la valorarían más.

Pero ese amor era condicionado.

Mientras él se divertía por su cuenta, ella debía regresar temprano a casa.

Por supuesto que debía ser así, porque ella era una «mujer de bien».

Como le explicaba su enamorado:

«A ti te respeto»

«Las mujeres de noche son para otras cosas»

«Tú eres una mujer para el futuro»

 

Título de matrimonio como objetivo único

 

¿¿El futuro??

Un futuro en que el final feliz es el matrimonio.

Desarrollarse sólo como madre y dueña de casa.

Y de esa forma se fue gestando un mal entendido respeto y amor por la mujer.

Mientras los hombres disfrutan con otras, se le prohíbe el deseo a las «futuras» para ser decentes y respetables.

Todo ese deber ser, fue sembrando dudas e incertidumbre en las mujeres.

Porque ellas también sentían derecho a amar y también querían disfrutar.

Porque ellas también sentían y simplemente querían sentir placer

Cómo cualquier ser humano.

Pero sabemos que eso no estaba permitido para una dama!!!

La dama debía permanecer pura y dispuesta a ser una ama de casa hasta que un hombre la pudiera elegir.

En ese mar de dudas que vivieron muchos años las mujeres, entre el deber ser de una dama a quien no se le permite sentir su cuerpo y las reales sensaciones corporales; Margarita se llenó de miedos y de culpas.

Por querer sentir.

¿Alguna vez escuchaste alguna historia similar en tu familia?

¡Yo muchas!

Y hasta hoy en día, tantas mujeres que han debido pensar igual…

Culpables, por sentir lo que no se debe desear.

Culpables por querer sentirse mujer.

Y culpables por querer experimentar…

Ese gran amor que nunca pudo disfrutar, finalmente la dejó, y en ese mar de incertidumbre y deseo Margarita comenzó a probar, aunque ya no calificara como dama de bien.

 

Lo que llega después: las enormes culpas

 

El hecho de probar libremente hizo que su categoría dentro de su círculo social bajara inmediatamente.

De ser un prospecto matrimonial ahora era una chica para pasar el rato.

Efectivamente, en ciertos círculos sociales, las mujeres eran catalogadas de fáciles o ligeras cuando el sexo libre llegaba a sus vidas.

Y ya sabemos que si te mantenías pura, pues eras bien catalogada para ser esposa y muy bien «valorada»

¿Me he preguntado muchas veces cómo fue posible sostener esa calificación para nosotras?

¿Cómo era permitido que el hombre hiciera y viviera como quisiera y la mujer no?

¿Cómo era posible no permitirse el disfrutar del amor, del sexo con libertad?

Y hablo de libertad no libertinaje

Sólo de permitirnos sentir.

Así le pasó a Margarita y a tantas y tantas mujeres.

¿Cómo pudieron sentirse así?

¿De qué forma la culpabilidad se asentó de esa forma en la vida de una mujer?

¿Cómo pudieron sentirse responsables por querer sentir placer?

Encasilladas en el sueño de llegar a un altar como única meta de vida.

Puras y castas.

Y en ese ir y venir de sensaciones y de cumplir con el «sueño de toda mujer» de casarse bien; Margarita se seguía llenando de más y más culpas.

Mucho no ayudaba la hermana y la madre que vigilaban su actuar y repetían a cada momento que debía ser una mujer de bien…

Creo y siento que la presión del «deber ser» ha sido una de las peores barreras que las mujeres hemos tenido que enfrentar.

Tal vez antes había temor de expresar y conversar lo que pasaba.

Tal vez el miedo que generaba la culpa no les permitía compartir sus emociones.

Así y todo hubo valientes.

Muchas con fuerza nos limpiaron el camino.

Otras se dejaron llevar y arruinaron su vida por ser quién debían, y no lo que realmente querían.

 

Enloquecer de amor al vivir lo prohibido

 

El amor es una hermosa energía que es capaz de mover hasta lo imposible.

El amor siempre debería contener, curar heridas y si es verdadero jamás duele ni cuestiona.

Pero a veces las mujeres aceptamos «amores» dolorosos, indebidos, cuestionables.

Por las culpas.

Por la poca valoración a nosotras mismas.

Margarita lo hizo así y su gran amor fue prohibido, indebido para la época, oscuro y escondido.

Un hombre casado.

Debidamente casado con una «mujer de bien»

Con una familia formada que jamás dejaría por el qué dirán.

Y ella se enamoró, profundamente, perdidamente.

Tres años a escondidas.

Tres años con el corazón en la mano, el deseo en el vientre y la locura de lo prohibido.

Una más, dentro de tantas historias de miles de mujeres…

Sin futuro, sólo el hoy, con la culpa en el corazón y sin cordura en el hacer.

Un amor que dio frutos.

Una hija.

Que la separó de su amor para siempre porque no estaba en los planes.

Porque era la gestora de traer una criatura sin consentimiento.

Por ser la única responsable de no cuidarse…

Una historia más de aquellas que fueron tan conocidas.

Una mujer sola, con una hija en el vientre, culpable de traerla al mundo.

 

Las consecuencias sociales para una mujer con una criatura en su vientre que llegará sin padre

 

Una vergüenza para la familia.

Mal mirada por la sociedad.

Gestando un hijo llena de dolor y llena de miedos.

¿Cuántas historias de este tipo se tejieron así?

¿Cuántas mujeres debieron enfrentar el estigma se la sociedad por no cumplir con ese famoso «deber ser»?

¿Cuántos años se tildaron de fáciles a las madres solteras?

¿Cuánta injusticia hacia ellas?

¿A sus hijos, a sus hijas?

Tener un hijo sin padre fue uno de los temas más tabú que conocí en mi infancia.

Aquellos hijos sin padre tenían que contar mil historias inventadas acerca de ese rol ausente.

¿¿¿Por qué???

Porque aquella mujer no cumplió con las expectativas de una sociedad.

Porque se salió de los límites de lo establecido jugando con fuego.

Y porque no era un buen ejemplo.

Simplemente por enloquecer de amor

Tantas y tantas mujeres con la misma historia.

Algunas fuertes a las que no les importó el murmurar tras sus espaldas al caminar.

Tantas otras avergonzadas que lograron superar el miedo.

Y algunas que no lo pudieron soportar.

Nuestra Margarita fue una de ellas..

No pudo con el dolor.

Con el estigma, la vergüenza.

Con la culpa que diariamente le hacían sentir en su propia casa.

Y sólo supo evadir, a través de su mente, el dolor que sentía.

Pudo aguantar hasta que su pequeña naciera.

Y luego corrió a su refugio.

A la locura.

Caminar por una carretera con la pequeña en brazos.

Creer que se la robarían.

Bañarla dos veces al día para sacarle el pecado.

Secarse de tanto llorar.

Alejarse del mundo.

Escuchar en su frágil mente como todos le gritaban su historia en la calle.

La locura.

Elegir no estar.

Porque el corazón ya no puede más.

Y la mente decide escapar.

 

La locura se transformó en amor infinito

 

Margarita tuvo que separarse de su pequeña.

No tenía leche para amamantar.

No tenía cordura para criar.

La pequeña se quedó con la abuela que aprendió a amarla sin límites y a dejar el qué dirán atrás.

Y a aceptar a la hija que no estaba en esta realidad.

Margarita pasó por clínicas, médicos y todo lo demás para poder volver a estar.

Finalmente su hija fue su motor.

Pero nunca volvió a ser igual.

La nueva Margarita había enfermado de culpa, de dolor.

Por la poca empatía de los otros, por amar sin límites.

Y por enloquecer de amor.

Su diagnóstico sólo la separó más de la sociedad.

Una enfermedad mental.

Un diagnóstico psicológico jamás te acoge.

Te distancia y te disminuye.

Margarita igualmente luchó para volver a ver a su niña.

La que le recordaba el dolor pero también el amor más grande que como mujer pudo sentir.

Y ese fue su valor.

La locura del amor se transformó en locura por esa nenita.

Por la que volvió a respirar, centrarse y continuar.

A su manera le dio amor infinito.

Casi ahogante por momentos, pero tan reparador para su corazón.

Mi propia reflexión

 

Margarita es simplemente una más, una de tantas que no cumplió sus sueños.

Que no pudo con las exigencias, que no cumplió los cánones establecidos.

Una mujer que se escapó de su mente y que se refugió en la nada.

Ella para mí simboliza todo lo que no quisiera para ninguna mujer.

Que sufra por querer ser mujer.

Por darse permiso para sentir y ser.

Por querer ser feliz.

Pero por fortuna hoy las cosas han cambiado.

Somos mujeres que nos permitirnos sentir.

Que podemos hablar de lo que nos ocurre.

Que cada vez nos alejamos más de lo establecido.

Para empoderarnos y exigir lo que merecemos sólo por existir.

Hoy no tengo ningún consejo para darte.

Ni pasos que compartir.

Sólo pedirte que reflexiones.

Sólo pedirte que agradezcas a todas aquellas que nos ayudaron a ser lo que hoy somos.

A tener los permisos que sin tabúes hoy tenemos y hablar con tus hijas del derecho a sentirnos plenas y placenteras como mujeres.

Quiero pedirte respetar, amar y adornar nuestros cuerpos en respeto y devoción a lo que somos.

A hablar de quienes sufren por guardarse lo que sienten y enloquecen en una sociedad que corre tras el éxito y la competencia.

A no enloquecer por no ser quién debes ser.

Y simplemente a ser lo que quieras ser.

 

Ser quien tú quieras ser

 

Reflexiona  con esta historia y permítete ser quien tú quieras ser a tu ritmo y acorde a tus sueños.

En tu propia coherencia.

Desde tu hermosa luz.

Aceptando tus sombras.

Entendiendo tus propias  emociones.

Sólo te pido que reflexiones desde ti en el mes del Amor.

Porque hay muchas maneras infinitas de amar y de amarte.

Por eso quise compartirte la historia de Margarita.

Porque no quiero que se apaguen más Margaritas.

Y te lo pido porque Margarita fue mi ejemplo.

Mi Margarita, mi Madre, mi sol.

Y su inmenso amor, inmerso en la locura es infinito hasta hoy.

Porque gracias a ese Amor soy todo lo que soy.

Con profundo amor

Claudia