Hoy quiero hablarte sobre cómo perdonarte y perdonar porque todas las personas atravesamos situaciones difíciles.

Todas las mujeres llevamos dentro de nuestro corazón alguna experiencia dolorosa, ocurrida cuando fuimos pequeñas, adolescentes o adultas.

Esas vivencias pueden estar relacionadas con nuestros padres, amigos o algún amor perdido…

¿Tú también sientes que necesitas perdonarte y perdonar?

Yo pienso que todas llevamos guardadas esa historia que nos marcó, que nos hizo sufrir y en la cual nos sentimos desprotegidas, dolidas o traicionadas.

¿A ti te ha pasado?

Tal vez puede ser más de una; quizás sientas que arrastras miles de experiencias sin el prometido final feliz.

Yo también me he sentido así.

Si busco en mi corazón encuentro varias heridas hechas cicatrices, algunas recién cerrando, otras que necesitan cerrarse mejor…

Lo importante es lograr que esas experiencias tristes se transformen en aprendizajes de vida.

Quisiera compartir contigo cómo enfrenté ese dolor, esa traición, ese sufrimiento, o como tú quieras llamarlo, pero desde el perdón.

Contarte cómo actué y me relacioné durante muchos años de mi vida, casi de manera inconsciente.

Cómo entendí el por qué de ese actuar y el dolor que me generaba, y como fui aprendiendo a perdonar para poder lograr soltar aquellas vivencias dolorosas, arraigadas fuertemente, que no me dejaban avanzar.

Quiero compartir mi experiencia para inspirarte y ayudarte a perdonarte y perdonar.

Puede ser que mi experiencia llegue a tu corazón y te animes a perdonar, para sanar tu alma, así como yo he ido aprendiendo a sanar la mía.

 

Actuando sin saber

 

Por muchos años viví con una sensación de tristeza oculta, una especie de miedo a sentir, a equivocarme emocionalmente.

Me aferraba a las relaciones que establecía con mis amigas, buscando la contención y la compañía.

Buscaba consejos en mis profesores o tutores, para reafirmar que las cosas que hacía, eran parte de una buena decisión.

Establecí relaciones amorosas largas, aferradas a un sueño, a una necesidad intensa de llenar un vacío.

Pero no sabía de qué vacío se trataba y vivía de manera normal el buscar esa necesidad de apoyo, en el exterior.

Temía enormemente equivocarme y que todas aquellas personas en quienes confiaba vieran que me quebraba, que flaqueaba…

El temor a fallar era muy potente y principalmente sentía que no podía fallarle a mi madre, ni a mis abuelos, las personas que me habían criado, que cuidaban de mí y me mimaban día a día.

¿Te has sentido alguna vez así?

Tan intensamente insegura de ti que no lo notas ni eres capaz de saber lo que pasa en tu interior, simplemente te acostumbras a actuar de una manera y continúas tu camino sin cuestionarte nada de nada.

Buscaba la validez en los otros y no sabía cómo definir quién era yo, y de qué era capaz.

Dejaba que el resto del mundo pusiera etiquetas sobre mí.

Y así me definía, según la opinión de los demás.

Así pasó mi infancia, mi adolescencia y gran parte de mi vida adulta.

Creyendo que por sonreír y agradar a los demás – buscando la constante aprobación – haría felices a todos.

Y así era, mi alrededor era feliz, cumplía sus expectativas siendo una excelente alumna, amiga, compañera.

Y si bien mi corazón era feliz de veras por hacer felices a los demás, un rinconcito de él me hablaba sólo a mí, pero yo no lo escuchaba.

Así que sonreía para todos. Y creía que todo estaba bien.

¿Te ha pasado igual?

 

Perdonarte y perdonar a las amigas

 

Desde pequeña busqué tener muchas amigas, soñando que cada una era la hermana que nunca tuve.

¡Tal vez si tú eres hija única me puedas entender!

Algunas de las amistades que establecí a los 5 años, aún son mis grandes amigas (¡logré tener hermanas!) pero de muchas otras me aferré y no volví a ver.

Si bien es una situación normal, cada vez que dejaba de tener una amiga me cuestionaba qué era lo que yo había hecho mal.

Sentía una especie de culpa por haberla perdido.

Recuerdo de una pequeña amiga que me marcó profundamente.

Ella jugaba conmigo sólo si yo cedía en todo lo que ella quería. Si no era así, me dejaba sola y me reprimía por ser yo una niña egoísta que no pensaba en los demás.

Y yo me sentía egoísta y creía que no pensaba en los demás.

Volvía buscarla para disculparme, le tenía que pedir perdón dos veces y sólo así volvía a ser mi amiga, hasta que se enfadaba de nuevo…

¿Viviste alguna situación parecida?

De adolescente repetí la historia, una nueva amiga era mi amiga sólo si la acompañaba donde ella quería y a la hora que quería; si la ayudaba a escaparse de su casa, obligándome a elaborar mentiras frente a su madre y la mía. Y yo cedía.

¡Y de adulta volví a hacerlo!

Tuve una amiga varios años, de un carácter fuerte y potente, estudiábamos juntas, hacíamos una excelente dupla de trabajo frente a todos los demás, mientras yo ejecutara y ella ordenara.

Si no se hacía de esta forma, podía sufrir su indolencia y su indiferencia por varias horas o días…

¿Te sorprende ver las veces que cedí a alguien que era mi par y que me exigía lealtad sólo bajo sus reglas?

Te confieso que mientras escribo mis recuerdos me sorprende.

Pero entiendo que todo ocurría por ese inmenso vacío que llevaba en mi corazón; y porque mal entendía que debía ser leal, aunque ellas se aprovecharan de mi generosidad.

 

 

Es necesario perdonarte y perdonar en torno a las relaciones amorosas

 

Como te contaba en un principio, establecí relaciones amorosas largas y duraderas.

Cuando tuve mi primer novio sentí que el cielo se abría para mí.

Por primera vez alguien me quería sólo a mí. Así como yo era.

La verdad es que era una adolescente bonita. Pero yo no lo creía ni lo sentía.

Pensaba que era una suerte que alguien se fijara en mí y no en las bellas amigas que siempre me acompañaban.

Mi tendencia siempre era minimizarme, culparme por cualquier error que ocurriera.

Y así también fueron mis relaciones amorosas.

Buscando agradar, casi pidiendo por favor que no me dejaran de querer.

En el amor de pareja, descubres sentimientos inmensos y hermosos. Llegas a ser incondicional a alguien que crees te valora por ello.

En el fondo de tu corazón, esperas que te reconozcan, que se sientan orgullosos de ti.

¿Te has sentido de esta forma en una relación de pareja?

Esa relación en la que aparecen los miedos, los temores, de que se rompa esa tremenda ilusión que te has construido.

Que llegue alguien y te robe a ese príncipe azul que tanto soñaste.

Y te aferras a un sueño, un sueño elaborado en tu cabecita y corazón desprotegidos y temerosos de fallar y errar.

Y suples ese miedo con la complacencia, y te transformas en la mujer perfecta a los ojos de todos, porque siempre dices que sí.

Entonces, si algo malo ocurre, la culpa te atrapa, porque siempre crees que eres tú la que te equivocaste.

Y él te hace sentir así…., como lo hacía mi amiguita de pequeña.

Y me volvía a sentir culpable, por perder esa larga relación, que construí tanto tiempo para sentir que estaba en una zona segura y que nada podría fallar.

¿Has creído también que debes resguardar una relación porque simplemente llevas muchos años?

¿Porque los otros pueden pensar que tu relación no era tan perfecta como parecía?

¿Porque los demás te verán vulnerable?

Exactamente eso era lo que me sucedía. Así como con mis amigas.

Culpable, equivocada, avergonzada de fallar.

 

 

Los Estudios y el Trabajo

 

Así como en las relaciones sociales, las decisiones de qué hacer con mi vida fueron iguales de inseguras.

Siempre fui una excelente alumna, premiada en la etapa escolar.

¡Cómo no, si no quería equivocarme!

¡Tenía que hacer que se sintieran orgullosos de mí!

A la hora de elegir mi futuro, tenía que ser en relación a servir, a poder ayudar a los demás.

Eso se vería bien y se alineaba a esta forma de actuar, que esperaba siempre la aprobación externa.

Escogí ser educadora – decisión de la cual jamás me he arrepentido – pero al momento de ejercer, mis configuraciones mentales respecto al error, volvieron a aparecer.

Y traté por todos los medios de ser perfecta, me auto exigí más de lo que podía. No quería equivocarme, menos con un niño.

Para mis colegas siempre fui una gran compañera, mi gran empatía desarrollada por querer agradar siempre al otro, fue una de las cosas más positivas que pude sacar al respecto.

Frente a los padres de mis alumnos siempre fui la educadora correcta y preocupada, la que era capaz de ver a sus hijos tal como eran y ayudarles a entenderlos y a mejorar su relación con ellos.

Eso también fue algo positivo.

Pero lo que me pasó con los niños fue sorprendente.

Los niños son almas puras, sin prejuicios; con su dulce inocencia, logran ver más allá.

Y lograron verme.

Así como yo era.

Vulnerable. Insegura.

Con una autoestima tan pequeña como el tamaño de cada personita que leyó mis ojos.

Los niños, me permitieron llorar, se rieron cuando me equivocaba y nunca me sancionaron.

Leyeron mi angustia y me dieron la mano para volver a jugar como esa niña que fui y que no dejé jugar en libertad.

Ellos, los hijos de otros, fueron mis primeros sanadores, mi cura para el alma. Y hoy, junto a mis hijas, han sido mis mejores y más grandes maestros.

Ellos, que peleaban por un juguete simplemente se decían “perdón amigo”, y luego volvían a sonreír y jugar con la misma alegría que tenían antes de pelear.

Y así fue cómo entendí y escuché esa palabra potente, llamada perdón.

 

Entendiendo porqué la solución está en el perdón

 

Fue difícil entender que había un problema, más difícil aceptar que yo tenía el poder de encontrar la solución.

Con esto yo puedo asegurarte que la clave está en perdonarte y perdonar

El perdón llegó a mi vida como una palabra pronunciada de manera inocente y efectiva.

Al ver jugar a mis alumnos volví atrás y recordé la forma en qué jugaba cuando niña.

Recordé a mi amiga mandona, a mis antiguos amores.

Volví a sentir la culpa, el miedo a equivocarme, la inseguridad. El vacío.

Ese vacío que era absolutamente mío.

¿Te ha pasado que de pronto sientes como si tu vida pasara frente a ti?

Esa era la sensación que yo tenía.

Fue la primera vez mis ojos lograban ver las cosas con mayor claridad.

¿Por qué me sentía de esa manera? ¿Por qué si fui una niña amada y mimada?

La verdad, te confieso que me ha costado varios años entenderlo, pero todo tiene su raíz en nuestra niñez.

Esa niñez que marca tu vida y que sin darte cuenta va guiando tus pasos hacia lo que construyes.

Sabemos que algunas experiencias de nuestra niñez se quedan guardadas en nuestro inconsciente y corazón, sin notarlo, por mucho tiempo.

Y es ahí donde quedan marcadas las experiencias dolorosas, las que se quedan impregnadas en tu corazón, sin dejarte avanzar.

Las que se apoderan de tu inseguridad y la afianzan, de tu miedo a equivocarte y que te hacen sentir culpable de todo cuando eres culpable de nada.

Y descubrí el por qué casi mágicamente gracias a mis pequeños alumnos.

 

Al perdonarte y perdonar haces las paces con tu pasado

 

Yo sentía un vacío por la simple razón de no tener una figura paterna.

Creí que había crecido sin falencias, pero no fue así.

Gracias a mi madre crecí sin rencores, pero la imagen paterna ausente me marcó aunque no quisiera.

Mi padre decidió no acompañar a mi madre en este camino.

No quiso saber de mí. Y sentí ese rechazo.

Desde el vientre de mi madre, sentí el dolor y sufrimiento de ella cuando decidió tenerme, lo que le costó quedarse sola a cambio de ello, a cambio de mí.

En el dolor de la soledad mi madre enfermó de amor, conmigo en su vientre.

Fue tildada de “loca”. Ella no sabía cómo actuar.

Y sentí el rechazo.

Aún sin nacer, sentí que ellos no me necesitaban, que yo era un problema. Comprendí que ello, me hacía actuar como lo hacía.

Necesitaba sentirme aceptada. Necesitaba sentirme querida.

Esa vivencia dolorosa, había quedado guardada en mi pequeño corazón de niña y de mujer.

Pero descubrí lo más importante: hoy dependía de mí seguir sintiéndome así.

Comencé a mirar todo lo positivo que me rodeaba desde que había sido pequeña.

Tuve unos abuelos amorosos, absolutamente resilientes, que me llenaron de alegría y afecto.

Mi madre volvía a su centro y estaba sólo para mí, y me daba todo el amor que me podía entregar.

Y lo más importante: me tenía a mí. Con esa enorme fuerza interna, que todas tenemos.

La que tú también tienes.

 

Aprende a perdonarte y a perdonar

 

Me costó mucho trabajo en autoconocimiento para aprender a perdonarme y a perdonar.

El rechazo inconsciente de mis padres, lo llevé muy dentro de mí sin saberlo.

Una experiencia dolorosa arraigada en mí desde siempre.

Me hizo actuar de manera insegura por años, llena de temores, de culpas.

Pero logré ver que las culpas no eran mías.

Y que las historias no son eternas y no tenían por qué ser decidoras de mi futuro. Del futuro que quería construir.

Yo era quién decidiría lo que quería y como quería ser.

 

 

Pasos que seguí para perdonar:

 

Creé mi propio plan de acción para perdonar mi pasado y mi actuar:

1. Hacerme consciente del dolor:

Para encontrar la razón del por qué me sentía de esa forma y actuaba de esa manera, me puse en el lugar de mi padre y mi madre.

Logré entender que ellos hicieron lo que podían hacer en ese momento de sus vidas.

Mi padre decidió estar lejos, mi madre quedarse conmigo.

Ella pasó por pésimos momentos, pero luego de ello, yo fui su mayor tesoro. Ella fue y es la mejor madre que pude tener.

Con su amor todos estos años, borró el miedo que me pudo traspasar.

Acepté profundamente que el pasado es eso, pasado y que lo único que nos queda es el presente para construir lo que queramos ser.

 

2. Perdonar a los demás:

Todo aquel que me pudo dañar a causa de mi manera de actuar, y que pudo aprovecharse de mi vulnerabilidad, actuaron de acuerdo a lo que creían debían hacer y a lo que yo les permití podían hacer conmigo.

Ellos son responsables de sí mismos, yo soy responsable de mí.

Si me afectó lo que hicieron yo decidí que fuera así.

Si hoy no están conmigo, es porque no eran los elegidos para compartir mi vida con ellos.

“Te perdono y te dejo ir”.

 

3. Perdonarme a mí misma:

Este es el paso fundamental para superar cualquier dolor, y claramente ha sido el más difícil de todos.

A veces somos capaces de entender al otro, sus razones, malas decisiones, errores y perdonar todo lo que nos pudieran dañar, pero con nosotras somos más duras, exigentes y poco compasivas.

Aprendí a tratarme con el mismo amor que era capaz de tratar a otros, y aún más.

A entender que hice lo que podía hacer en esa circunstancia.

Empecé por reconocer que soy capaz de equivocarme cientos de veces, y que es fundamental que me perdone por haber errado en mis decisiones, o no haber decidido a hacer algo y dejarlo como estaba.

A no atreverme a salir antes de ese lugar que me incomodaba, y a mirarme llena de errores, pero también llena de aprendizajes.

 

 

Reflexión

 

El aprendizaje y las lecciones que saques de esto es fundamental.

Aprender a aprender de cada paso dado, de cada error cometido es lo que nos engrandece y nos permite avanzar, dejar de lado aquella historia y permitir que tu experiencia cicatrice en tu corazón.

Yo lo hice y tú también puedes perdonarte y perdonar.

Decidí avanzar, dejar de estar estancada en el pasado, perdonarme y quererme profundamente y entender que todo lo que hice era lo que podía hacer en ese momento, con el nivel de madurez y las herramientas que tenía.

Te confieso que a veces, la culpa y el miedo vuelven, pero en este inmenso proceso de florecer, vuelvo a repetirme que me quiero, que me acepto y me vuelvo a enamorar de quién soy.

Por eso, te invito a buscar el perdón en los otros, pero básicamente en ti.

Sólo así puedes llegar a cicatrizar y dejar esa huella como una marca de amor hacia tu persona y al aprendizaje que pudiste atravesar.

Con Amor
Claudia